Descripción
Separarse quizás sea también perder un testigo, volver a construir una mirada propia. El poeta “bicho de ciudad” se aleja para que el duelo amoroso coagule. Peregrina a la montaña no para contemplar el paisaje sino para detenerse en las formas de vincularse. Alejarse para entender menos y poner al corazón en reposo o en términos de Jalil “si algo permanece quieto a una larga distancia, se vuelve invisible para los ojos/de un perro”, que le contesta más tarde “ahora tenés una historia”.
Tener un perro desciende la presión sanguínea y eleva las posibilidades de sobrevivir a la infancia, a una operación quirúrgica y al divorcio, dice Haraway e intuye el poeta en su búsqueda. Dos voces que ponen en discusión la forma de hacerse compañía y en donde pareciera se cuelan otros decires, casi como si supiéramos que estamos siempre siendo hablados por otros y que escapar conlleva algo más que unos kilómetros: “pareces una radio, te hablás y me hablás/me escapo cuando puedo y espero”, ladra el perro y el poeta reflexiona: “cuando era chico soñaba ser un perro pero/un perro no puede ver la cordillera”. La amistad entonces como una manera de recuperar la porosidad. Y es que en esa relación se forjará el acto mágico donde a fuerza de las miradas que lo hablan el poeta podrá recuperar su voz sin gestos altisonantes ni verdades de copetín: “Cuento mi historia en primera persona del singular/como pegándole la etiqueta a una botella de vino en una bodega antigua/con cuidado”.
Malena Saito










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